鎌倉: El Silencio que Escondían las Esquinas

En círculos navegaban al encuentro del matiz recostado las aves durante profundo azul el cielo. Yo, con la nostalgia de un amor nuevo, me interné en lo que ahora comprendo fue un atardecer impensado:

(丙申年二月十三)

 

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Llegamos hasta el borde y luego de un tanto caminar los templos y escondernos dentro de las grandiosas estatuas, llegamos hasta el límite como cansados de tanto vagar entre todos, perdidos de tanto neón y vigilias peregrinas, cansados, y un poco también, de tanto riel y riel; llegamos hasta ese confín que divide al mundo en dos, en tres.

 

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Las esquinas voltearon su mirada para presentarnos el mar, el río que muere en el mar, las olas que en vano intentan resucitar al río y el cielo llenando el espacio que el cielo y el sol. Nos quedamos así con los ojos empapados de tanto tiempo en sal, irrepetibles descansamos el día, los cuerpos y los anhelos de un devenir como ese entonces y ese lugar. Las esquinas voltearon sus casas para darle paso al mar; las habíamos escrutado todas, recorrido sus sabores y desenvuelto en fotografías sus más incesantes placeres al pasar.

Siendo enfrentados con el escenario aquél, no pudimos sino tácitos apoyarnos de los días que nos trajeron hasta ese ahí, en ese particular entonces.

 

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Como silencioso bajaba el río, en el silencio las olas contaban su rumor de días inesperados y atardeceres desde las ventanas; atardeceres que taciturnos los suspiros, en la ventana y así, los suspiros en el vapor de agua escapando de una taza y en medio del invierno. Con ese mar como telón, con ese mar inmenso palpitándote en el pecho, imposible de alzar –un telón: horizontal flamea con risas de sal, horizontal se esconde de sí, en sí.

 

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Fue que cuando habíamos ya caminado la playa toda y olido el mar intenso que sentí la tranquilidad de la muerte omnipresente, la muerte que no agobia en la distancia, aquella que sí te viste de sonrisas y te cuenta de lo importante del ahora. Me quedé con esa luz abrigándome el lomo y como animal satisfecho me dejé dormir entre el constante juego de las olas por un lado y el esporádico ronroneo de un motor por el otro.

Las últimas luces de la jornada nos entregaron tonos impensados que nos supieron a eternidad.

 

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La noche así se hizo del todo. Forajidos nos refugiamos en una ventana y con el vapor que el río vaticinara y trepándonos por la cara. Miramos los reflejos en la oscuridad de la bahía y lo que la avenida traía consigo; una marejada de partidas, una que otra llegada, pero sin lugar a dudas, una avalancha de partidas.

 

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Cuando supimos de la calma en la costa, lánguidos reptamos hasta la calle una vez más y con una última mirada le dijimos adiós al mar de Kamakura; nos adentramos nuevamente entre aquellas esquinas y saboreamos del camino hasta la estación. Allí esperamos por nuestro tren –el último tren de esa noche.

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