三清山: Conquistando La Noche Hasta La Cima

 

No sé dónde posicionar este recuerdo: ni arena, ni mar.

(乙未年六月甘一)

 

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Es que esto fue hace ya tanto tiempo. Y no es que sea parte de esa memoria de antaño, esa que forma lo que somos hoy, la que define nuestras verdades y esculpe nuestros valores; nos enfrentamos a un recuerdo que si bien importante, se encuentra a una distancia límite entre lo que es reciente (y una anécdota) y eso otro que se extiende por millas y kilómetros, un recuerdo que se traspasa a lo que nuestra identidad y forma parte de nuestro infinito.

 

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El recuerdo que acá recogemos no es arena y no es mar: esta historia es la orilla misma que busca y se retrae para perderse absorbida, para volver y sin ira, constantemente, imposible definir, irreparablemente en ningún lugar en tiempo alguno.

 

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Las fotografías son las únicas pruebas que corroboran la veracidad de lo que por mi memoria se pasea con paso desafiante; frente a mis ojos se muestra queriendo confundirme de mi existencia como un reflejo de agua firme y terso. Las fotografías cuentan de esa noche en que nuestras alarmas todas fueron coro y cuando la luz del sol no sabía aún del día de hoy. Habíamos despertado cerca de la cima y el tiempo que nos tomó salir del edificio que habíamos hecho refugio nos trajo las sonrisas de vuelta hasta bocas de todos y sin excepción.

 

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La montaña era Sanqing, famosa por su tenor taoísta en la cultura de este país. La montaña, Sanqing, famosa por sus tres cimas y cautivantes paisajes estaba pronta a recibirnos en una de sus tantas altas bases donde esperábamos ver la entrada del sol por el horizonte. La famosa montaña taoísta Sanqing, a la cual habíamos llegado el día anterior y subido uno a uno sus peldaños, paso a paso escalamos los más de mil quinientos metros que nos distanciaban de su conquista, con nuestras pertenencias a cuestas habíamos llegado hasta la montaña el día anterior.

 

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Era hora de una vez más subir sus peldaños, la oscuridad reinando y nosotros que buscamos la forma de llegar hasta el final de esa serpiente; el espiral de escamas que bordeaba las laderas de la montaña de forma ascendente, dando vueltas por rincones y recovecos, montando una función de curvas y una sinfonía de altibajos –porque ascender no es tan simple como ascender, porque la roca se desnuda en sectores y se pierde en otras sombras en áreas impensadas.

 

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Cuando al fin y exhaustos nuestros pies coronaron el último escalón, fuimos testigos de las formas en las que el sol sabe desenvolverse a esas alturas y por sobre un mar de nubes, vimos qué colores son los que visten al día en la cima del monte Sanqing.

 

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No lo recuerdo muy bien, está perdido entre recuerdos viejos, entre anécdotas nuevas. Recuerdo sí, que subimos de noche, admiramos desde el umbral en el que se sabe mostrar como por vez primera el sol, cosechamos colores y un silencio compartido, supimos apreciar lo que nuestras piernas habían sufrido y satisfechos de amanecer bajamos de vuelta por los mismos peldaños con un secreto que no queda en la memoria, un secreto que se guarda en la forma en que miras el sol cada mañana, la forma en que caminas y aquel conjunto de colores que sabes que jamás volverás a ver en otro lugar.

 

 

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