香港: Salir de este aquí sin salir de dentro del mismo

Y he de confesar que no hice más que caminar y caminar.

   

El azul completaba y lo abrigaba todo. El mar, el cielo y su reflejo en la maraña de edificios y sus resplandecientes espejos.

(癸巳年冬月廿九)

Tenía un mapa, uno que en realidad no importó. Porque tuve a todo momento la vista de la bahía, el puerto y mi regreso a Kowloon. Anduve casi sin detenerme volteando las esquinas cuesta arriba siguiendo férreo mi instinto famélico y la incertidumbre de encontrarme con algo más, y mejor.

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Qué difícil no dejar de perderse por esas calles y qué falto de importancia era el hacerlo con ese descuido libre que sólo se alimenta de curiosidad y en una ciudad que no deja de inventar recodos y escondrijos que se escapan del simple plano al que estamos acostumbrados; una isla en la que antigua jungla, un espacio poblado de cerros y la magistral tarea de convertirlo en el espacio para más de siete millones de individuos.

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Los centros copiosos de transeúntes eran contrastados con aquellos tramos que se recostaban sobre el cerro y lo trepaban en aceras, pasos sobre nivel, túneles y puentes; lugares en los que se perdía el concepto de explanada y en su lugar se oía el eco de la palabras irreconocible, encrucijada y aventura.

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Dentro de todo y casi fuera de este mundo estaba la paz del ferry, el andar el mundo como si no trabajar ni lamentar, como si ya encontrado el añorado tiempo futuro de la tranquilidad.

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Aunque ciertas calles no conectaban con nada más que un par de casas aferradas a la ladera del cerro (paseaba una mujer y dos niños, otra sacaba el automóvil del garaje, un hombre esperaba por la luz verde en una esquina al dialogar con su teléfono celular) no parecía ser aquello un impedimento para mi disfrute; siempre estaba esa necesidad por encontrarle el ángulo a la fotografía y el pasadizo hasta la próxima escena.

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Como cada esquina traía consigo un nuevo impulso lleno de potenciales que en mi cabeza se traducían en ese ruido blanco de la infinita posibilidad, bloqueando el inagotable murmurar del cansancio y haciéndome olvidar de mi norte allá arriba. Logré, finalmente y después de mucho circunvalar sus faldas, coronar mi caminar del cerro y con una vista inenarrable, gracias al Peak Tram: antiguo ascensor de rieles que transporta turistas hasta el mirador en un ángulo que a ratos hacía arder el pecho con un escozor como el ají.

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La noche lo contempla todo. Las luces lo recorren y viajan; Hong Kong es entonces y cada noche intervenido por esas luminarias fantasmagóricas que salen a reconocer los viejos caminos y aquellas tiendas que se inauguraran durante el día, salen a reconocer a los antiguos habitantes en sus rutinas y comentar sobre los avances en sus existencias, salen y descubren a los que están de paso y les saludan a la cara cuando ellos se perfilan en la avenida de las estrellas a mirar el espectáculo incomparable de su nocturno existir.

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Queda tanto más por decir, tantas imágenes por compartir.

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