Cena con los Qunke, modalidad año nuevo 012

”de eso se trata: de que nos juntemos y soñemos largos planes cenando comida que a tono personal, pues no me irrita ni me llena.”

 

Conteo para la venida del dragón: 9 días

 

Llegué hace una hora de Zhujiajiao (朱家角) donde por segundo año consecutivo participé en la cena/maratón de despedida del año viejo de la empresa Qunke, cuyos dueños son “amigos de la familia”. Aclarar que esta despedida de año corresponde al año tradicional chino (y no al de nuestros calendarios occidentales), que ya pronto termina dando comienzo a la principal festividad local, el Festival de la Primavera o Año Nuevo Chino, donde se registra la más grande migración anual del mundo por ser fundamental estar en familia y cenar todos juntos.

 

La cena no fue ni agradable, ni corta.

 

Tren

 

Brindis a las mesas en demostración de respeto, jerarquía y gratitud, palabras indescifrables (se entiende porque ni siquiera se hablaba mandarín, sino la variedad local que poco entiendo), unas risas acá, otras allá y lo mío por sobre todo fue un pobre silencio. De entre los puntos a destacar cuento el de mi momento para ir a la mesa de los mayores a brindar en su honor y desearles felicidad en el año nuevo a todos (que ya se habían puesto de pie y con sus respectivos vasos/copas ceremoniosamente entre ambas manos y esperando) cuando un hombre que vestía de rojo me pregunta que cuándo los invito a todos y viajamos juntos a Chile; hombre que he visto sólo dos veces en mi vida: hoy, y en la misma cena de la misma empresa, un año atrás.

Estaba la mujer de uno de los hermanos dueños de la empresa que verificaba estrictamente cada plato que llegaba a la mesa y lo iba tachando fuera de una lista que tenía en un papel mal impreso y sobrecargado al negro, roñoso. Al final de la cena y cuando un mesero dio por finalizada la entrega de platos ella se encargó de hacer un escuálido escándalo por la falta de uno o dos platos que no había llegado hasta los comensales. Esta mujer se indignaba si le querían retirar un plato que tuviese media migaja y se preocupaba fijada en si yo comía y qué.

Conversé con Joey (su nombre inglés), quien es mi alumno e hijo del gerente de Qunke. Nadie más allí hablaba inglés ni tenía los intereses simples de comer y pasar el rato, el resto todos estaban sumergidos y exhalando fórceps culturales y restricciones familiares de año nuevo; porque de eso se trata: de que nos juntemos y soñemos largos planes cenando comida que a tono personal, pues no me irrita ni me llena. Joey me divertía porque con su inocencia de adolescente saltaba desde un abismo de glotonería lujuriosa frente a la carne que servían al otro de aburrimiento y de ahí a jugar en su psp… hasta que servían más carne.

Llegué a casa y pedí comida por teléfono porque de lo poco que comí, el 90 por ciento fueron vegetales o carnes blancuchas incomparables a las que desfilaban frente a nuestros rostros, ese interminable alarido de animales descuartizados y cocinados de las más variadas formas con los métodos más dudosos.

Una cena de año nuevo menos, me quedan dos.

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